El tomi Gardelito

Tomás Juan (el Tomi) D’Espósito Müller.

Rosario. Santa Fe. Argentina.

Donde se cuenta quién es y será El Tomi

Nací en Rosario, el 2 de enero de 1955 y, más que un hincha de Rosario Central, creo que soy un auténtico canalla. Mi comida favorita -contrariamente a lo que podría pensarse- nunca fue la polenta con pajaritos sino el guiso de mondongo.

Cuando era muy chiquitín gateé hasta el ropero del dormitorio de mis viejos, abrí las puertas y me encontré con dos óleos enmarcados de unos setenta por cincuenta centímetros cada uno, sumergidos en una inquietante capa de polvo. Uno era un paisaje de montaña con una poderosa luz iluminando la cumbre. El otro era una marina, y en unas agitadas aguas azules y espumosas un velero resistía el vendaval mágicamente escorado. Los había pintado mi viejo antes de convertirse en bancario y de ellos aprendí el poder humilde de la tierra y la mentira piadosa de la magia y a pasar por la vereda de enfrente de los bancos y las comisarías. Años después, con el corazón castigado, mi viejo se jubiló por invalidez y retomó aquellas dos obras, demostrando que no se trataba de invalidez y mucho menos de jubilación sino que el empeño amoroso de los artistas sigue intacto toda la vida, así que los acarició con la palma de la mano, les sacó el polvo de encima y se encendieron como la esperanza en el aire. Mi vieja me enseñó a mirar el cielo desde la terraza y a esperar que se moviera una estrella para pedir tres deseos.
No tuve que esperar mucho (es sorprendente la asiduidad con que se mueven las estrellas fugaces) y cada vez que veía pasar una, repetía el mismo deseo tres veces (dibujar, dibujar, dibujar). Ella es como un hada con un lápiz de varita mágica. Le gustaba enseñarme a hacer palotes con forma de patitos. Sus manos eran y son el resumen del control de los movimientos kinestésicos: un pequeño y simple vuelo sobre el papel y aparecía una línea dulce y prodigiosa que desde aquel entonces se convirtió en mi búsqueda constante, el control del garabato.
Empujado por estos dos sólidos argumentos no recuerdo un solo día de mi vida en que no haya hecho por lo menos un dibujo, e incluso cuando casi pierdo el índice de la mano derecha en un accidente doméstico (me quedaron la primera y la segunda falanges colgando de un hilito de piel) aproveché para dibujar con la mano izquierda sin perder el tiempo. Por aquel entonces la portada de un diario sensacionalista con la cara del Che muerto pasando de mano en mano de los vecinos del barrio se me grabó para siempre. Estaba con los ojos entreabiertos, sonreía y daba toda la impresión de querer seguir viviendo. Me parece que entre ese gesto temerario, mi dedo zurcido y la vacuna antitetánica me empecé a dar cuenta de que no era inmortal. También creo que el cuenta-hilos y el caleidoscopio fueron los artefactos más conmovedores de mi infancia. Con el cuenta-hilos me quedé atónito infinidad de siestas observando gigantescas hormigas, monstruosas lombrices y espectaculares mariposas; y con el caleidoscopio entré de lleno en la fantasía y me encandilé hasta la casi ceguera persiguiendo con un solo ojo sus efímeras formas y sus inalcanzables colores. Creí que nunca los había alcanzado, pero hoy en día suelo descubrir detalles copiados lisa y desvergonzadamente de esas memorias plásticas.

De cómo el Paraná es el color del agua

Seguí creciendo a las orillas del río Paraná hasta que casi sin darme cuenta me encapriché con el color de sus aguas. Lo más parecido que encontré fue el papel madera y desde entonces prácticamente todas mis historietas y mis ilustraciones están hechas sobre ese soporte.
No soy un respetuoso de mi trabajo, incluso suelo maltratarlo bastante, al más puro estilo Buonarroti con la rodilla de su Moisés (salvando las distancias, como es de suponer). No tengo interés ni en la crítica ni en el aplauso, y si soy respetuoso del trabajo de los demás porque presiento que todos tenemos un estilo propio al que debemos fomentar gratuitamente. Así que en un rincón de tu cuarto con un papel y un lápiz es inevitable que seas el mejor dibujante del mundo, y más aún si te repetís (sin que nadie te oiga para no pecar de pedante) que sos el mejor.
La revista Risario fue esencial para mí. No porque fuera como recibir un título o por haberle hecho las tapas (que es una de mis ideas fijas, sabedor de que las tapas venden), sino porque conocí a mis cómplices máximos: Manuel Aranda, Jorge Santa María y David Leiva, grandes artistas que me acompañaron el pulso durante un montón de años, corazones que me cuidaron sin que yo me diera cuenta, y almas que me regalaron cantidades industriales de confianza. Cuando los militares dieron su última orden -votar para el regreso de la democracia-, yo trabajaba haciendo las caricaturas políticas del diario Rosario, decidí que no habiéndoles obedecido consecuentemente durante esos años, tampoco lo iba a hacer en ese momento. De toda esta mala época sólo rescato el haber hecho uno de los dos dibujos más lindos de todos los que hice en mi vida, mi hija Lucrecia. El otro es mi hija Libertad.

De cuando El Tomi se fue a España, vino a Fierro y el erotismo

A los que llegábamos a España en esa época nos llamaban refugiados económicos (cosa con la que no estoy de acuerdo). Trabajé free lance en las agencias más grandes de publicidad para darle el gusto al bolsillo y en las revistas Cambio/16, Methal Hurlant y en El Víbora para darle el gusto al cuerpo. En esta última encontré las condiciones necesarias para expresar sin restricciones el erotismo o la pornografía (para mí es lo mismo, por más que me argumenten lo insinuante de uno o lo explícito de lo otro). José María Berenguer, el director, se convirtió en uno de mis personajes inolvidables. Cuando le llevé el primer capítulo de “El desmitifícador” se puso a contar la cantidad de vaginas, penes o penetraciones que aparecían en cada página. Una vez que el porcentaje le pareció aceptable me aprobó la publicación. …Desde ese entonces mido con escasa prudencia mis límites en cuanto a sexo explícito se refiere y más que nada dejo que la línea editorial de la publicación decida. De una cosa estoy seguro, el sexo es lo que más vende y, en cuanto te descuidás, el número de lectores se incrementa notablemente arrastrado por la libido, y eso, bien manejado, significa el incremento de las ventas. Por otra parte, a diferencia de la fotografía o el cine, esto no dejará de estar dentro de los márgenes contenedores y protegidos del arte, por lo que, a lo sumo, pueden obligarte a embolsar la revista para que no la hojeen los menores, lo que, paradójicamente, incrementará el morbo de los mayores y la necesidad de consumo…  En fin, eso por un lado. Por el otro, de la nostalgia y el desarraigo nació “Polenta con pajaritos”. El primero que la vio fue el guionista Jorge Zetner y con toda serenidad me dijo que eso era para Argentina. Fue premonitorio. En un viaje se la presenté a Juan Sasturain, en Fierro (primera época). El primer capítulo se llamaba “Maternicaragua”, el guión era un poema, Juan (Zenitram, para mi) lo leyó y se puso a cantarlo como si fuera una zamba. Al tiempito me volví.

El tomi 1
En Fierro publiqué la mayoría de mis historietas: “Polenta con pajaritos”, “Cuentos del bajo vientre”, “Caleidoscopio”, “Tangozando”, “Dibujitos avivados”, “Sexiluetas” y unos cuantos etcéteras más. Una tarde le entregué uno de los capítulos de “Caleidoscopio” a Juan Lima, que siempre leía todo con una paz interior notable, y una vez que repasó la última página me dijo que ésa era una historieta del futuro. Tenía razón, hasta yo mismo la releo ahora que aquel futuro llegó y la veo más compatible con este presente. Por eso no dejes de enchinchar este poster en la pared, es un talismán que Fierro rescata del pasado para que fijes tu atención y apliques tu intención en él y se cumplan tus deseos. Cuando Página/12 decidió sacar su suplemento “Rosario/12″, fui convocado para ¡lustrar las contratapas. Me dieron el primer cuento y salí para mi casa entusiasmado. En el camino lo leí y en mi mente iba esbozando las primeras líneas cuando, de repente, con el rabillo del ojo descubrí un pedazo de ladrillo viejo y erosionado. Tenía un color rojizo hermoso y parecía proceder de las viejas casas del barrio Pichincha. Lo levanté, me lo llevé y con ese ladrillo, incómodo pero irremplazable como el escudo nacional, hice el primer dibujo para la contratapa. Pueden buscarlo en las hemerotecas, ellas no me dejan mentir. Suelo contar anécdotas como ésta para explicar mí estado de alerta constante ante los mensajes simbólicos y mi respeto por la improvisación. Creo que lo que llamamos bocetos es en realidad la obra de arte en su estado más valioso y que lo efímero aumenta su calidad. Con mi hija mayor elegíamos un camino de tierra de esos llenos de polvo y poco transitados del campo y nos poníamos a dibujar arabescos, signos y símbolos hasta cubrirlo por un buen trecho. Después lo mirábamos en perspectiva y era como un mural acostado o como un sueño de pie. Si querés podes ponerlo en práctica para dejar salir un rato sin inhibiciones al artista que todos somos.

De cómo El Tomi festeja la técnica

Trato de mantener intacta mi capacidad de sorpresa y me mantengo atento ante el efecto que puede producir una nimiedad aplicada en la resolución de las situaciones más complejas. El difumino es un buen ejemplo de esto. Lo descubrí relativamente no hace mucho tiempo (exactamente en la época en que publiqué “Caleidoscopio”), un simple rollito de papel me conmocionó la línea y aún hoy no termino de extraerle posibilidades. Ni qué hablar del Photoshop, ahí sí que no me va a alcanzar la vida para sorprenderme. Desde su aparición acuñé una frase que repetí hasta la saciedad. Para un dibujante meter los dedos en el teclado de la computadora es como meterlos en una sierra eléctrica. Hoy soy el prototipo del fanatismo de los conversos. Sigo haciendo todo el dibujo a mano pero del escaner no se salva ninguno. Aunque comparto lo que se dice por aquí. La historia del arte se divide en el antes y el después del “control z”. Y esa es la verdadera estrella.
El Ángel de Lata es una revista que venden los chicos trabajadores de la calle de Rosario. Ellos se quedan con una parte del precio de tapa y la otra la reinvierten para la próxima edición. En realidad es un juego de palabras porque es un ángel cuya piel es de lata como las paredes de la villa pero que además delata, devela, descubre, denuncia y acusa la injusticia,….Yo aporté la intuición de “Polenta con pajaritos” y mis dibujos a las urgencias del caso. El Pocho Leprati organizaba a los canillitas… Nosotros nos vinimos a España hace casi cinco años. A los que llegábamos a España en esa época nos seguían llamando “refugiados económicos” (cosa con la que sigo sin estar de acuerdo). Pero como me decía filosofando mi amiga Bruna con su vital acento italiano: “En Italia, para que no sea tan cruel, le han cambiado el nombre a la polenta con pajaritos’. En lugar de pajaritos le ponen pedacitos de carne picada y le dicen’ polenta con pajaritos escapados’. A vos ni se te ocurra cambiarle el nombre a la historieta, Tomi, porque ésa es la verdad”.

El Tomi: soberbias manualidades – Diario Pagina 12  10-3-2014

Por Juan Sasturain

Acaba de aparecer –dentro de la discontinua colección Continuará a la que engruesa la nave madre Fierro con rachas de cuatro títulos cada tantos años– un librito de historietas eróticas módicamente escandaloso: El desmitificador argentino y otras historias, de El Tomi. A punto de cumplir improbables, increíbles sesenta años, radicado desde hace mucho en Barcelona, El Tomi –como muchos saben y otros tantos es hora de que se enteren– es Tomás D’Espósito Muller, un rosarino canalla e impenitente, un dibujante del carajo que una vez más, al aparecer en los kioscos, acaba de provocar una saludable conmoción y el consabido cruce de opiniones.

 

Por eso creo que vale la pena darle un espacio a la reflexión sobre el lugar originalísimo que ocupa su obra en el contexto de la historieta argentina y universal contemporáneas. Y sacarlo –como cuando hablamos de José Muñoz, de Max Cachimba, de tantos otros– del acotado kiosco de los fans informados sobre las novedades del mal llamado noveno arte y tirarlo al ruedo mayor de los artistas narradores a secas. Por eso retomo ideas y opiniones ya confrontadas en contextos varios, y lo expongo de nuevo acá. Porque no es para menos: todo hecho a mano, como el ajuar bordado de mi vieja, como aclaraba la Walsh de sus poemas, como los solos de Monk.

El tomi Gardelito

En principio, y lo decíamos al ponerlo en consideración una vez más de los lectores, El Tomi es una saludable planta anómala en el jardín, el bosque, la selva de la historieta nacional. Es casi un milagro que exista y se exprese. Y puedo ir más lejos, si el lector de cuadritos en secuencia o el lector a secas quieren: tráiganme a un yanqui, un tano, un afgano, un chino de envergadura semejante. El Tomi no sólo no se parece (ya) a nadie, sino que a esta altura –en estos tiempos ultracorrectos y vigilados– nadie ni siquiera se acerca a él. No vaya a ser que algunos digan que. No sea que otros crean que. Pajeros. Pajeros y envidiosos.

 

Al recorrer las historietas desmadradas, las acrobacias sexuales y esos discursos retóricamente llevados al límite de la gastada, El Tomi parece –de salida– un salvaje. Pero cuidado: si lo es, sólo lo es en el sentido de salvaje como efusión libre e intención conmocionante sin mediación, propia de los fauves. Por otra parte, contigua a la anterior, El Tomi pinta a parecer un primitivo, pero nada, nunca naïf. Sólo es primitivo en el festejo adámico de las novedades del sentir y disfrutar sin paraguas ni calzoncillos de amianto.

 

Es que D’Espósito imposta salvajismo, celebra irónico el goce primitivo pero no puede evitar ser lo que es. En realidad –no voy a descubrir la pólvora pero sí describir la larga paja en el miope ojo ajeno– El Tomi es un refinadísimo, casi excesivo, insoportable artista, con una (de) formación académica y una (natural) aptitud para la representación anatómica tan clásica y natural, tan suelta quiero decir, que parece mentira. Que es mentira, bah.

 

El dibujo mismo, las secuencias enteras, las desmesuradas y/o elásticas partes anatómicas que dibuja El Tomi (¿se acuerdan, los saludables memoriosos, del increíble álbum Dibujitos avivados?) están hechas de la materia imposible, y por lo tanto inmejorable, que nos proveen los sueños, las fantasías que los desbordan y los restos que contaminan las imágenes diurnas.

 

Pero para fantasear y poder contarlo / decirlo / dibujarlo, hay que tener lomo, libertad, huevos y metafórica poronga para bancársela. Y El Tomi, en la Era del Pido y del Permiso, en la era de la ultracorrección reprimida y de las artes e ideas con fecha de vencimiento, se corre de lugar, retrocede o salta a un tiempo más impune y celebratorio de la vida, se la banca, canta a lo Whitman, corre en pelotas página arriba. Y que lo paren.

 

Lo hemos anotado reiteradamente: un rasgo del autor de El desmitificador argentino es el exceso. No vamos a citar a Blake, mejor crucémoslo con Rabelais. Lo suyo es la alegría, como en Miller. Henry, digo. No hay nada tenebroso ni oscuro en el sexo de El Tomi: puro festejo, celebración sesgada, machista –si se quiere el bendito casillero vigente– pero con la impronta del humor, la joda sin trampas ni especulaciones. Literalmente, en cueros: pocos autores como él para trabajar sin red ni taparrabos.

 

Otro rasgo es –paradójico– la sutileza. Superados los pudores de la representación, con todo al aire y dibujado como salido del lápiz de los distendidos dioses del Olimpo saturados de ambrosía, El Tomi puede jugar –juego es lo que sobra– y dejar que la historia se deslice a cualquier parte y de cualquier manera menos a lo obvio o esperado.

 

Quiero decir: hay un elaboradísimo concepto respecto de los modos de contar (muy pocos como él saben tanto de eso); hay una aptitud increíble, a menudo lindante con el virtuosismo y el amaneramiento, para diseminar los elementos de un relato en secuencias convincentes y autoconclusivas.

 

Quiero decir dos y con riesgo de repetirme: El Tomi no sólo es un soberbio dibujante sino que –y esto no es frecuente– narra, distribuye la acción y el devenir de los hechos y la dinámica de los cuerpos como sólo hacían los jocundos (paganos) dioses.

 

Otro y último rasgo: el coqueteo con la cursilería y el kitsch, marca registrada de un impune sin barreras. Así como, en el memorable y tan fechado Polenta con pajaritos de aquella revista Fierro de los ochenta, El Tomi hacía la apología y el berreta y luminoso cantar de gesta de la adolescencia y la infancia orilleras, con brillos de chupetín al sol y escorzos de alevosas bombachitas de potrero; ahora, en estas historias de sexo adulto y subido de rango y de medida, es el discurso excesivo y palabrero el permiso para el desborde retórico de resonancias equívocamente tangueras.

 

Son contraseñas, guiños al sabedor: como Sandro solfeado, arreglado por Nine, como un Fausto Papetti ilustrado por Alejandro Sirio, El Tomi pisa la banquina y corrige acelerando, curva y contracurva, siempre al mango, siempre sin casco, siempre con la velocidad que dan las ganas. Y hay que seguirle el tren.

 

Y es Almodóvar también. O los sueños de Juan Mondiola en la pensión porteña, entre la foto de Gardel a los pies de la cama y las gambas de la mina, la morocha en llamas que le hace la pieza, le saca la pelusa de debajo del ropero en cuatro patas. Todo eso. Y más.

 

El Tomi es un caso hermoso de creatividad sin anteojeras. Mejor cuando se encuentra con lectores ídem. Y si no lo son, los hace. Por eso es una buena noticia (la mejor) que haya existido la posibilidad de reunir en un libro algunas de sus historias eróticas, fiesta visual, alegría de vivir, celebración confianzuda y desmesurada del sexo entendido como una –la más interesante– de las bellas artes.

 

Me atrevo a repetirme una vez más a la hora de contar lo que ya dije. No siempre te invitan a abrir un libro como quien entra a una fiesta, no siempre te encontrás con un narrador que entra a las historias como quien se desnuda a la carrera para zambullirse en el mar.

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