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SEXO Y VEJEZ

AUTORES VARIOS SOBRE EL MISMO FILM

Néstor Tirri; Ana María Samper; Mónica Groisman

Reunidos por CTFridman

Título original: Wolke 9. Alemania (2008). Color.
Director: Andreas Dresen
Guion: Andreas Dresen, Jörg Hauschild, Laila Stieler y Cooky Ziesche
Cinematografía: Michael Hammon
Montaje: Jörg Hauschild
Duración: 98 minutos

Elenco: Ursula Werner como Inge
Horst Rehberg como Werner
Horst Westphal como Karl

Premios: 

Cannes: premio del jurado de la sección “Una cierta mirada”
Premios de la Academia Alemana: mejor película, mejor director, mejor actriz
Premios de Cine de Bavaria: mejor actriz, mejor cinematografía

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reflexionando sobre-la

Un sacudimiento decididamente perturbador en la historia occidental de la representación de relaciones sexuales adultas se verificó hace unas semanas, en Alemania. El aldabonazo, si no la explosión, lo produjo el filme Wolke Neun, literalmente “La nube nueve” (título que alude a una suerte de séptimo cielo), de Andreas Dresen, un realizador sin estridencias en materia de medios expresivos pero sagaz a la hora de golpear en profundidad. Como se advertía en Verano en Berlín -el trabajo anterior del realizador-, Dresen esgrime una mirada ascética y crítica sobre los vicios del consumo en la era de la globalización.

El conflicto de Wolke Neun podría referir el lugar común de un triángulo, si no fuera por la edad de los personajes: por un lado, un matrimonio; él es Werner, 70 años, jubilado; ella, Inge, que ya pasó los 65, ha reflotado su métier de modista para reforzar los magros ingresos. Por otro Karl, un señor de 76 años, refinado, cliente de Inge. Un día ella va a su casa a probarle un pantalón que le está confeccionando y allí, inesperadamente, estalla la pasión: “No creí que me volvería a pasar”, se dice Inge, incrédula, después de la erupción. La “edad avanzada” da sorpresas, en un sentido y en otro. La culpa de romper el equilibrio en la relación unidimensional de casi cincuenta años impulsa a Inge a confesarse ante su esposo, pese a que su hija le aconseja no hacerlo. Werner reacciona mal y la aventura amorosa no acaba bien.

La película convocó a 60.000 espectadores en Berlín y en Dresde, sólo en los tres primeros días de exhibición, una cifra inusual en Alemania para films nacionales, con una respuesta movilizadora de un público -en especial, las mujeres- que aplaude y discute. La crítica y la intelectualidad, por su parte, ven en la propuesta de Dresen -y, en particular, en su exposición- uno de los síntomas de una sociedad en vías de envejecimiento y las reacciones instintivas frente a ese fenómeno.

Los  planteamientos del filme de Andreas Dresen apuntan a un estatus reservado pero sin duda vigente en la intimidad actual de ciertas clases y comunidades. La inquietante novedad que introduce Wolke Neun radica, sobre todo, en el nivel de la representación, en el registro de lo no mostrable, de lo “perverso” de la sexualidad en una edad avanzada: aquí las escenas sexuales van más allá de la fulminante relación entre Inge y su amante Karl; alcanzan también las escenas “domésticas” de ella con su esposo Werner.

Hasta ahora, el erotismo en el cine se ajustaba a otros arquetipos. “¿A quién le interesa ver a una pareja de viejos, gordos y arrugados, manteniendo una relación sexual?”, se preguntó el diario alemán Bild después del estreno de la película, en clara alusión a modelos impuestos en historias protagonizadas por figuras como Brad Pitt o Scarlett Johansson. “Simple -dice la misma publicación-: a quienes quieren ver por fin una love story erótica pero realista, apasionada y conmovedora.”

Néstor Tirri

 Durante siglos se relacionó la sexualidad con la reproducción, negándole de esta manera el disfrute de la sexualidad al adulto mayor; muchas personas, particularmente jóvenes, siguen viendo la actividad sexual como una facultad que se va desgastando hasta perder todo interés en aquellos que han superado los 60 años; porque se supone que el deseo siempre se desvanece con la edad.

En la actualidad parece que se le da la espalda a la vida sexual de las personas de la tercera edad. No existe publicidad en la televisión que estimule una relación sexual sana y placentera para las parejas mayores de 60 años.

Los comentarios que escucho a mi alrededor, vienen de la más completa ignorancia; algunos como: ¡No les dará vergüenza a su edad! Ni que tuviesen quince años o “eso está bien para lo que les queda de vida… mejor pasarla al lado de alguien”.

Hasta mi hijo, en una reunión de amigos, en cual yo estaba y  donde bromeaban sobre sexo, cuando hicieron un recuento dijo…”no mi mamá, NO..”

Y es que nos enseñaron desde niños a tener mucho respeto por  nuestros mayores y eso está bien, pero ese respeto siempre ha ido más allá, porque así lo exigían ellos mismos. Pocos han sido los abuelos que han mostrado algún tipo de afecto entre ellos en presencia de sus familiares y menos aún ante sus hijos, nietos, etc.

Esta ausencia de contacto, conlleva a que las personas que los rodean se cuestionen sí aún consumarán como matrimonio. Pregunta que solo se piensa, no se formula verbalmente por el temor a una respuesta ofensiva, cuestionada como falta de respeto o poca educación.

Así que igual que se piensa se desecha o peor aún, se auto responde: “mis padres no harán nada de eso, no me los imagino”. Y peor aún ¡Qué asco! ¿Pero cómo puedo pensarlo ni si quiera?

La falta de diálogo, de comunicación ha ido calando a sus sucesores y como buenos alumnos han actuado en su edad adulta exactamente igual que sus maestros (sus padres)
El patriarcado respeta a la mujer como esposa, madre de sus hijos, cuidadora, pero no, como amante, para ello están otras mujeres más libertinas, viciosas, lujuriosas… todo lo contrario de lo que tiene que ser una esposa.

Por suerte no todas las personas piensan iguales y también existen matrimonios y personas mayores que siempre han tenido una mentalidad abierta, menos conservadora, con una vida sexual saludable y activa.

Han sido y siguen siendo los verdaderos exploradores del cuerpo humano, han actuado según sus instintos, sus deseos más profundos y lo más importante buscando el placer e interesándose también por el gozo y disfrute de sus esposas.

Estas personas independientes de su edad real y consecuentes de sus facultades físicas, viven y disfrutan del sexo a su manera, quizá la erección no sea la misma que cuando tenían 30 años, quizá el apetito sexual de ambos no sea tan a menudo. Pero el deseo y las ganas no han cambiado, y no hay nada mejor que seguir disfrutando de las caricias de tu pareja, tengan la edad que tengan porque es con quien has envejecido, evolucionado, aprendido y disfrutado.
Y nunca es tarde para encontrar a alguien que te haga sentir todo lo que no te ha permitido conocer una anterior pareja, nunca es tarde para vivir con una nueva pareja, nuevas experiencias en otra etapa de la vida, como es la tercera edad. Nunca es tarde para vivir porque para eso simplemente hay que estar vivo.

Todo lo anterior es el preámbulo para recomendarles la película “EN EL SEPTIMO CIELO”.

¿Puede una historia de amor entre mayores enganchar tanto como otra entre gente joven, sexy y atractiva? Pues la respuesta es sí, o al menos eso es lo que sucede en esta película de Andreas Dresen.

No es común ver una película en la que el amor (por no hablar del sexo) entre personas mayores se plasme con esta belleza. La desnudez se muestra como algo perfectamente natural, nunca gratuita, y las interpretaciones de los tres personajes principales son sensacionales, lo que hace que el público se meta en la historia con una gran facilidad. En el séptimo cielo ganó un  premio en el Festiva de Cannes, lo que refleja el aprecio del jurado por la manera en la que esta película retrata el amor y el sexo no como algo que sólo pertenece a los que son bellos y atractivos.

Publicado por Ana Maria Samper

El contenido de SEXO EN LA TERCERA EDAD es ideal para saber envejecer.

SEXUALIDAD Y ENVEJECIMIENTO EN LA PELÍCULA  “NUNCA ES TARDE PARA AMAR”

Escribe Mónica Groisman

Regresa a menudo y tómame,

sensación que amo, regresa a menudo y tómame…

Cuando el recuerdo del cuerpo revive

Y un viejo anhelo atraviesa de nuevo la sangre,

Cuando labios y piel recuerdan

Y las manos sienten como si tocaran otra vez

     Konstantinos Kavafis

Una película carnal

El comienzo es de pocas palabras, casi silencioso. Hay miradas, especialmente “una” mirada, hay bocas que sonríen y se entreabren, buscando respirar un poco más profundo… y manos que apuradas buscan desvestir, manos que torpemente pelean con los broches, y hay momentos absurdos como quedar desnudos con una media puesta o el corpiño caído. El llamado del sexo, el deseo de piel, el encuentro con otro. La desprolijidad, la urgencia, la pasión. Una pareja, en fin.

Pero esta pareja y este encuentro no es el que habitualmente nos venden por las pantallas. Lo tan conocido, la unión sexual ya tantas veces vista en sus multiples versiones -desde lo más romántico hasta lo pornográfico-, se nos presenta con imágenes poco vistas, cuerpos que no responden al modelo amatorio cotidiano. Aquí se instala una cierta incomodidad, podríamos volvernos espectadores resistentes, asoma una cierta y nerviosa sonrisa, el cuerpo en la butaca adquiere un tono defensivo y distante, me pongo en observadora…

Estoy mirando como se descubren y hacen el amor dos “personas mayores”, o de la “tercera edad”. Suelen ser necesarios esos eufemismos para hablar de la gente más vieja, cuando no lo de “abuelitos”, “anciano”, “añoso”, etc. Pero estos dos no sólo lo hacen bien o mejor que cualquiera, se divierten y se agradecen con ternura el placer otorgado. Además, ¡tienen ganas de volver a hacerlo!

Esta película rompe con las representaciones acostumbradas de la vejez, y deja aparecer unos cuerpos verdaderos en tanto que presentes, presencia con potencia de la vida misma.

Es una película alemana, del año 2008 que se vió en el Bafici (gracias por avisarnos, Kiné) y luego en pocos cines de la ciudad. Su director, Andreas Dresen y sus maravillosos actores nos cuentan una historia de amor y sexo en la vejez, y lo hacen con una enorme honestidad, y una gran capacidad de reflexión.

Inge es una mujer de 66 años, sencilla, que quiere a su marido, Werner, con quien crió a su hija, Petra, ya casada y con niños. Tal como ella dice, sin pensarlo, sin buscarlo, “le sucede” enamorarse de Karl. Sus cuerpos se atraen irremediablemente, haciendo estallar la confortable rutina matrimonial: la imagen corporal de Inge tiene adosada al comienzo, su máquina de coser, luego, un cuerpo de hombre-viejo-niño, donde la ternura toma la forma de cuidado, alimento, contención, donde el sexo no hace diferencia sino continuidad con el libro, la televisión o el paisaje visto desde el tren.

Karl es un hombre de muchos años, y de muchos deseos. De gran vitalidad y gusto por la naturaleza, de sonrisa fácil y espontáneo contacto. Desde la mirada deseante de Karl, Inge se mira nuevamente, el espejo le devuelve ahora su imagen contundente, robusta y satisfecha, se mira y se toca, deseante ella misma de sí. No está sola en el espejo, hay otro que sonríe, dos cuerpos se enlazan.

Como otras veces, el título del film en castellano se aleja del sentido original. “Nunca es tarde para amar” pone el acento en la edad de los personajes, jerarquizando el mensaje de que en esta etapa de la vida en que todo parece terminar, haya cosas que pueden comenzar.

Pero su título en alemán es “Wolke 9”, nube número 9, lo que permite otras asociaciones. Esta es la forma que tienen los alemanes para definir la felicidad; “estar en el Séptimo Cielo”, decimos en español. Una mujer que encuentra el séptimo cielo en un amor nuevo y pasional que la arrastra y le da nuevas energías. Andreas Dresen ha elegido para contar esta historia un tono realista que no esconde ni las arrugas, ni la celulitis, ni la depresión ni episodios de impotencia.

Y allí mismo donde el cuerpo parece de-caer, es donde se hace más sensual y más potente. Estar en ese cielo maravilloso trae preguntas (a personajes y a espectadores) sobre la ética: cuestiona el deseo, interroga sobre el propio cuidado y la responsabilidad por los otros, aparecen los múltiples tiempos de un cuerpo: relaciones que pueden ser contradictorias entre lo cronológico y lo psíquico, entre el tiempo personal y el social-cultural. Preguntas sobre la diferencia entre moral y ética, sobre lo pre-visto y lo im-previsto, sobre los discursos que le hablan al cuerpo, y lo que un cuerpo tiene para decir. El título en alemán, “En el séptimo cielo”, introduce un deslizamiento que va de la puericultura de la vejez a una política de los cuerpos. Cuerpos con marcas, pero pensables sin edad. Cuerpos de una intensidad que se debilita o se despliega.

Uno de los actores dice que el film trata de mostrar que «el amor nunca es algo seguro, ni entre jóvenes ni entre viejos, porque nadie está a salvo de que le alcance un relámpago en cualquier momento».

De dioses y demonios

Históricamente, se decía que los planetas eran siete y a cada uno de ellos pertenecía un piso del cielo. Las almas de mayor poder adquisitivo (¡!) vivian en el séptimo, de ahí la expresión “estar en el séptimo cielo”.

En la tradición judía, Sammael es un importante arcángel, a la vez seductor y destructor, uno de los siete regentes del mundo, servido por millones de ángeles; reside en el Séptimo cielo. En la voz del Rabí Eliezer, fue el encargado de tentar a Eva, la sedujo y embarazó de Caín. En ocasiones también es considerado como el ángel antagonista que luchó con Jacob. Se lo ha visto como bondadoso y malvado. En la Cábala, es nombrado como “la severidad de Dios”, y se lo ubica como el quinto arcángel en el mundo de la Creación. Se dice que Sammael tomó a Lilit como su esposa después que ésta dejó a Adán (¿?). Tambien se lo relaciona con los ángeles de la prostitución. Suele aparecer con la imagen de una serpiente con rostro de león. La etimología del nombre es una combinación de “sam” que significa veneno y “el” que significa Dios.

Surgen muchas preguntas. Inge entra a su séptimo cielo no sin fantasmas, mandatos, culpas. ¿Será una víctima más del ángel-demonio del sexo?

La película cuenta la historia de su deseo, pero también de sus sentimientos contradictorios. La culpa ¿dónde está? Inge siente culpa o responsabilidad? la culpa ¿es del cuerpo o de la moral?

Inge no tolera tanta intensidad de sus deseos; necesita hablar. ¿Cúal es el cuerpo que puede soportar la vida, la vitalidad del ser? Dioses y demonios… ¿La felicidad? no existía antes, ni existirá después…

El sexo como delicia y veneno, como gozo y castigo, placer y pecado, ¿no será todo eso, realmente, “lo viejo”?

Algunos dicen que Werner (el marido de Inge) se muere de tristeza… ¿Es ella, su mujer, la causa de esa tristeza? ¿El estaba “bien” y el abandono lo destruyó? La película nos muestra un cuerpo poco vibrante con las cosas del mundo, un cuerpo hacia adentro, poco atractivo aunque de buen físico, encorvado, el pecho hundido, los movimientos lentos, como rodeado por nubes que opacan la vitalidad, su potencia.

Me inclino a pensarlo como un hombre con tendencias depresivas, que hacía tiempo se sentía en proceso de jubilación, jubilación no solo del trabajo, sino de la cotidianeidad creativa de la vida. Rutinas, televisor, sexualidad que se desliza hacia un lugar dependiente, mas niño que adulto.

Más preguntas…¿Cuánto se puede cargar la melancolía del otro? ¿Cuánto cuesta “irse”? ¿Qué pedazos de uno, uno está dispuesto a mutilar para sostener lo que no hay?

Frente a la tristeza crónica de Werner, Inge no puede evitar aburrirse. Un aburrimiento que al decir de Heidegger, el filósofo del ser, nos revela la presencia del mundo en su total indiferencia. Una nube gris que cubre como niebla el mirar de todos los días. El encuentro con Karl hace que Inge descubra y ame un cuerpo diferente, diferenciado para ella y por ella. Tal vez este sea el secreto de la sexualidad humana, que allí donde hay carne, construye diferencia:…”Y en las multitudes al hombre que amo”, cantaba Violeta Parra.

La sexualidad humana –lo hemos dicho muchas veces– es cultural

Paradojalmente, aquella zona de la experiencia que creemos mas ligada a los instintos, a la naturaleza, a nuestro organismo en tanto funcionamiento biológico, es al mismo tiempo el lugar más “tallado”, más modelado por lo social. Prácticas y discursos, costumbres y morales, determinan el qué, el cuándo, los por qués del sexo. También es el lugar del encuentro y oposición entre lo singular, propio de cada uno, con las estadísticas, convenciones y generalizaciones.

El discurso social está encarnado en la película en el personaje de Petra, la hija, marcado en dos escenas: aprobación y entusiasmo frente a sexualidad de la madre, crítica y rechazo cuando ésta decide darlo a conocer: “Vivílo, quedará entre nosotros” Pero una sexualidad que se hace pública puede hacer peligrar a la familia, a la situación económica, trastocando órdenes y géneros: el lugar de lo masculino, de lo femenino, no “deberían” alterarse así.

El criterio de temporalidad es una de las cuestiones que marcan la sexualidad humana: ¿cuándo se debe empezar? Y ¿cuándo “conviene” despedirse del sexo? Pero en el tiempo, y su fenómeno mas visible, la edad, se juegan aspectos de lo biológico, lo social, lo personal. Imposible encasillar lo sexual y el deseo en una cronología, sobre todo hacia los finales; ¡hay tantos estilos diferentes de envejecer! Las temporalidades de la moral que nos rodea poco tienen que ver con las intensidades del vivir.

Por eso… los gestos del deseo no tienen edad. Ni los de las emociones. Y no hay edad para amar, ni para dañar. Sólo está “ese” instante. •

 

Todo el instante

 

Varón urgente

Hembra repentina

No pierdan tiempo

Quiéranse

Dejen todo en el beso,

Palpen la carne nueva

Gasten el coito único

Destrúyanse

Sabiendo

Que el tiempo pasará

Que está pasando

Que ya ha pasado para

Los dos

Urgente viejo

Anciana repentina.

 

Lo dijo Mario Benedetti   Texto publicado en la edición Nº 87 de Kiné, la revista de lo corporal

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